Incendio en el Chocó 1966

Incendio en quibdo



¡Incendio, incendio, incendio! ¡Se quema Quibdó, se quema Quibdó! ¡San Francisco de Asís, amparanos y favorecenos! Eran los gritos de decenas de quibdoseños aterrorizados y despavoridos, corriendo sin rumbo alguno, regresando de afuera (lo cercano al río) hacia adentro (lo distante del río) del pueblo grande que era entonces Quibdó, cerca de la medianoche del miércoles 26 de octubre de 1966, para contarle a todo el mundo las dimensiones de la tragedia.


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En lugar de nubes, en el cielo de Quibdó había llamas y humo. Las llamas eran descomunales arreboles de fuego puro, amarillo, rojizo, anaranjado, blancuzco, de volumen y extensión nunca antes vistos. Unas llamas tan encendidas que alcanzaban a iluminar los rostros de la muchedumbre entristecida que contemplaba –sin poder hacer mayor cosa para impedirlo- la desaparición de su propio pueblo engullido por el fuego. El humo era tan denso, tan gris (de un gris tan desconocido), tan negro (de un negro tan desconocido), tan blanco (de un blanco tan desconocido), que los niños no sabían si preocuparse por lo malo que alcanzaban a entender que era o dedicarse a contemplarlo como un milagro del cielo oscuro e iluminado a la vez, como cuando llueve y hace sol porque está pariendo la Diabla.


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A la parte del malecón adyacente al Palacio Episcopal o Convento aún hay gente que la llama El Quemado, así como todavía hay quien habla del Puerto Platanero para referirse a la sección del malecón situada al sur de la desembocadura de la Calle 25 en la Carrera Primera; y hay quienes hablan de La Cabecera, para referirse al punto donde termina la actual Plaza de Mercado, en donde sale una callecita de cascajo que viene del Puerto Arenero. El edificio principal de esta plaza fue una donación de la Gobernación de Antioquia a Quibdó, a raíz del incendio, y se ubica al frente del actual búnker de la Fiscalía, que ocupó el lugar en el que -pocos años después del incendio- fue construido y funcionó el Instituto de Mercadeo Agropecuario, Idema, uno de los tantos institutos descentralizados que creó Lleras Restrepo, y que durante mucho tiempo fue un alivio para la economía doméstica de los quibdoseños, por los bajos precios a los que se vendían artículos como arroz, aceite, leche en polvo, azúcar, fríjoles, lentejas, etc. y uno de los primeros lugares de Quibdó en donde se pagaba en cajas registradoras, una de las cuales, la más eficiente, era atendida por la siempre amable y colaborativa señora Juanita Moldón.

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Douglas Cujar Cañadas, Arquitecto y Gestor Cultural quibdoseño, afirmó alguna vez que “el incendio de Quibdó, del año 1966, no solo borró de un tajo una linda y respetada arquitectura caribeña, sino que desapareció unas bellas tradiciones de un conglomerado social lleno de valores”. 53 años después de aquel incendio descomunal, Quibdó camina hacia su ruina estética, cultural, histórica, arquitectónica y patrimonial, en medio de un tráfico de inmarcesible locura y una ausencia total de gobernanza y ordenamiento territorial.

Y para un mal como este, sí, ningún fondo pro remodelación de la ciudad existe ni existirá…

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